Voto obligatorio

Si algo hay que agradecer a los actuales gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia es haber conseguido llevar a las urnas a millones de personas que desde siempre habían pensado que las elecciones no eran asunto de las clases más desfavorecidas. Así, en esos países gobernaban desde la emancipación gobiernos criollos aunque la mayoría de la población fuera amerindia o mestiza.

En las últimas elecciones presidenciales en Chile, donde por vez primera el voto no era obligatorio, la gran ganadora fue la abstención. En Estados Unidos vota la mitad de los electores (o menos). En España la abstención va aumentando. En el  referéndum para el nuevos estatuto de autonomía de Cataluña la participación fue inferior al 50% (lo que en Italia, país de larga tradición referendaria, habría anulado el resultado) y en Andalucía sólo votó el 36%. A ver cuánta gente vota en las próximas europeas.

Los partidos políticos saben que para ganar las elecciones, u obtener resultados dignos, tienen que movilizar a “su” electorado. Que no se quede en casa. Para eso se gasta una cantidad de dinero ingente en publicidad y actos de masas. Los recursos proceden de las subvenciones del Estado a los partidos, en función de sus escaños y votos, y de generosas aportaciones de empresarios que más tarde se benefician de contratos con la administración. Éstos, para apostar sobre seguro, acostumbran a ser generosos con todos. Así, todos son rehenes de sus vergüenzas, esclavos de sus irregularidades. También los bancos conceden generosos préstamos para campañas electorales, créditos que luego se olvidan de recuperar mientras que sus deudores no cuestionen sus operaciones ni metan demasiado las narices en sus estafas de acciones preferentes, galopante endeudamiento privado de los españoles, de sus hijos y de sus nietos por medio de la burbuja inmobiliaria, endeudamiento de las administraciones de todo tipo mediante la financiación de obras faraónicas que no resisten un elemental estudio coste-beneficio… (es muy recomendable la web http://www.despilfarropublico.com/   )

Todo ello provoca que la propaganda electoral sustituya al debate político. Recuerdo debates políticos cotidianos en la televisión de hace 35 años (“La clave”, por ejemplo) y, sin embargo, ahora hay unos sucedáneos de gritos y simplezas de argumentarios que periodistas afines a distintos partidos lanzan entre alarmantes faltas de respeto. Cuanto más se chille, más audiencia.

Votar no puede ser sólo un derecho. Debe ser también un deber. Si la soberanía reside en el pueblo, el pueblo debe ejercerla y nadie puede renunciar a esa responsabilidad soberana. De la misma manera que a uno le obligan a escolarizar a los hijos hasta los 16 años, a pagar impuestos, a no beber demasiado alcohol si uno quiere conducir, a cumplir las leyes, a respetar el planeamiento urbanístico y las ordenanzas municipales, ¿por qué no se plantea que cada ciudadano tenga que cumplir también con la responsabilidad que le caracteriza como partícipe de la soberanía, la de ser elector?

La abstención es mayor en las clases más desfavorecidas. Quizás si hicieran efectivo su derecho al voto se gobernaría más pensando en ellas.

Y campañas electorales sin propaganda electoral, con debates entre candidatos, sin duda abaratarían los costes y las necesidades de los distintos tesoreros de aceptar donaciones impropias para poder pagar tanta publicidad.  No sólo ahorraríamos dinero sino también corrupción.

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