Monarquía: la institución y la persona

 

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Cuando critico ante amigos míos los reiterados patinazos de Juan Carlos I y algunos de sus familiares, me replican con vehemencia. Suelo preguntarles si lo que defienden es la institución monárquica o la persona que hasta hoy ha sido jefe de la Casa Real. Nunca me he encontrado a alguien, pero podría haberlo, que defienda la institución monárquica, pero critique el borbonismo de Juan Carlos (¿quién era él para empujar a dimitir en 1981 a un presidente del gobierno legitimado por los representantes del pueblo?), su inexplicable fortuna, sus cacerías de paquidermos o úrsidos en días de labor en los que tenía que estar en palacio ejerciendo de Jefe del Estado, sus labores de comisionista ante jeques y emires, su desvergüenza al permitir que su amante viva en La Zarzuela a costa del contribuyente, y tantos casos que empeñan las numerosas luces que este señor ha tenido en su reinado.

A diferencia de su prima inglesa o su concuñada danesa, Juan Carlos se ha metido en berenjenales de los que, roto hace dos años el cocoon protector de los medios de comunicación, no ha salido indemne. Bien es verdad que ni Gran Bretaña ni Dinamarca acostumbran a desangrarse cada generación en guerras civiles ni Isabel, ni Margarita empezaron sus reinados con poderes dictatoriales y se capitisminuyeron a meras figuras representativas.

De mal nacidos es ser desagradecidos. Era un niño en esos años, pero consciente del cambio histórico que se operaba cuando se gestó lo que los nuevos puristas de izquierda llaman “el régimen de 1978”. En mi retina quedaron las imágenes de la Pasionaria en un mitin que dio en junio de 1977 en mi ciudad, la misma, junto Carrillo y Rafael Alberti, que se levantó respetuosamente cuando los reyes entraron para abrir el periodo de sesiones de esas Cortes elegidas por sufragio universal. Y tengo más que agradecer a quienes como Dolores Ibarruri, Santiago Carrillo, Gutiérrez Mellado, Adolfo Suárez, Ramón Rubial, Josep Tarradellas, Manuel Fraga… trabajaron por la reconciliación nacional que a los Monedero, Pabloiglesias o Alberto Garzón, quienes descalifican ese proceso histórico único con el nombre de “régimen del 78”. Fueron Pasionaria, Suárez y Fraga quienes me ahorraron una larga mili en cualquier frente de batalla ibérico, algo que agradeceré siempre al PCE aunque sus actuales responsables no reconozcan el mérito a sus mayores.

Lo que más me gusta de Felipe y su mujer es que lo peor que les pueden encontrar es que Letizia está muy flaca. Apuesto por el utilitarismo y la monarquía puede servir, por ejemplo, para que quepan en ella tanto los de la indisoluble unidad de la Patria, que anhelan una España como la de los Reyes Católicos, y los catalanes que quieren un estado propio y que podrían tragar por esa España de los Reyes Católicos que no era más que una unión personal de Isabel y Fernando en la que ni siquiera se hablaba de España. Hala, problema catalán resuelto.

Seamos generosos. Démonos una oportunidad. Los experimentos, con gaseosa. Agradezcamos a Juan Carlos los servicios prestados, que no han sido pocos. Deseémosle paciencia con posibles demandas de filiación e inspecciones de Hacienda. Y aprovechemos este cambio de época que estamos viviendo para dejar atrás la crisis política, económica y social en la que llevamos demasiado tiempo.

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